EL CAMINO ACORDE CON LA VERDADERA NATURALEZA DEL SER HUMANO

Si tenemos fe en Dios, no solo desaparecerán la enfermedad, la pobreza y los conflictos, sino que además recibiremos una bendición aún más importante. ¿Y cuál será? Se trata de comprender el verdadero camino del ser humano.

Para todas las personas, independientemente de su clase social, profesión, sexo o edad, existe un camino natural determinado por los Cielos. Por ejemplo, el pueblo tiene el camino de la lealtad hacia el gobernante y hacia la nación; los hijos tienen el camino de la devoción filial hacia los padres; los padres tienen su camino hacia los hijos; el marido tiene su camino hacia la esposa y la esposa hacia el marido. Cada persona tiene sus deberes y el camino que debe seguir ya está perfectamente establecido. Sin embargo, hoy en día, incluso lo que es evidente ha dejado de entenderse. No obstante, a través de la fe, estas verdades comienzan a verse con claridad.

A medida que aumenta esa comprensión, la persona empieza a seguir ese camino de forma natural, sin necesidad de que se le obligue ni se le enseñe. Esto ocurre de forma gradual y alegre, sin ningún sentimiento de sacrificio ni de obligación.

Es precisamente aquí donde reside ese poder verdaderamente maravilloso e inconcebible. Lo mismo ocurre con las profesiones. El comerciante debe actuar de acuerdo con el camino propio del comerciante; el funcionario público, de acuerdo con el camino del funcionario público; el militar, el religioso, el artista… cada uno tiene una conducta adecuada al camino que le han concedido los Cielos. Si cada persona se limita a seguir ese camino, no habrá fracasos ni motivos de queja y, sin lugar a dudas, alcanzará el éxito y la prosperidad. No será necesario acudir a los tribunales ni enfrentarse a problemas con la policía. Ni siquiera alguien que alcance el cargo de ministro de Estado será enviado jamás a un centro penitenciario.

Esto ocurre porque existe una forma correcta de actuar propia de un ministro y de un político. Cuando se sobrepasan esos límites, acaban surgiendo las consecuencias. Se cometen delitos, se generan conflictos, se infringen las leyes y se acaba viviendo atormentado por las deudas.

Ahora explicaré por qué el ser humano se desvía del camino y traspasa los límites que le han sido establecidos por los Cielos. Originalmente, en todos los seres humanos habitan dos espíritus concedidos por Dios: el Espíritu Principal, que es bueno, y el Espíritu Secundario, correspondiente al espíritu animal, que es malo. Ambos coexisten en el interior de la persona y permanecen en constante lucha. Cuando el Espíritu Secundario vence, se manifiestan las malas conductas; cuando vence el Espíritu Principal, se manifiestan los buenos comportamientos.

Es precisamente esa lucha la que, paradójicamente, genera el equilibrio y hace posible llevar a cabo las actividades más diversas. Es como conducir un coche: al poder girar tanto a la derecha como a la izquierda, podemos seguir libremente cualquier camino.

Sin embargo, en cualquier circunstancia, es fundamental que prevalezca el Espíritu Principal. Ese es el camino primordial del ser humano. Cuando el Espíritu Secundario se impone, se produce el desvío y surge el mal. Al sobrepasar los límites establecidos, surgen los fracasos y los sufrimientos. Por eso, como el Espíritu Secundario es malo, busca constantemente llevar al ser humano a desviarse del camino correcto.

Sin embargo, al recibir la Luz de Dios, el Espíritu Secundario se debilita. A medida que pierde fuerza, el Espíritu Principal se fortalece. Como el discernimiento del Espíritu Principal es acertado, todo lo que hace la persona tiende a salir bien, sin errores.

Lo más interesante es que muchas personas que abusaban del consumo de bebidas alcohólicas y que empezaron a asistir regularmente a mis reuniones acabaron, de forma natural, sintiendo aversión por el alcohol. ¿Por qué ocurre esto? Porque quien lleva a la persona a beber es el Espíritu Secundario. Sin embargo, ese espíritu se debilita ante la Luz de Dios que irradia mi cuerpo, lo que hace que predomine el Espíritu Principal. Como al Espíritu Principal no le gusta el alcohol, la bebida se vuelve desagradable.

Por eso, al venerar al Dios Supremo, la persona se transforma inevitablemente para mejor. Hasta ahora, gran parte de los placeres humanos han consistido en encontrar satisfacción en lo que pertenece al mal, y esto ocurre porque predomina el Espíritu Secundario.

Sin embargo, cuando el Espíritu Principal pasa a prevalecer, la persona encuentra alegría en la práctica del bien, que se convierte en algo profundamente gratificante.

Cuando alguien experimenta de verdad el placer de hacer el bien, empieza a mirar los antiguos pasatiempos relacionados con el mal – que antes le parecían atractivos – y se pregunta con asombro cómo pudo haberlos considerado tan fascinantes, ya que ahora le parecen sumamente desagradables.

Quien comprende que la alegría que proporciona el bien es incomparablemente superior a la que proporciona el mal es alguien que ha sido verdaderamente salvado. Además, cuanto más persevere una persona en la práctica del bien, más será bendecida con salud, felicidad, progreso y éxito.

Jornal Kōmyō Sekai, n.º 3

21 de mayo de 1935

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